Día Bicentenario (segunda parte)

Mi cámara se instaló a 6 metros del templete, en dónde Felipe Calderón y esposa firmarían un libro conmemorativo del Bicentenario para que después los invitados pudieran hacerlo. El plan era el siguiente: al terminar la ceremonia del grito, los invitados bajarían por las escaleras para llegar al “convite”, y al final de éste proceso llegaría él que se despachó en este lugar, después, firmaría el libro antes mencionado y seguiríamos aspectos importantes de la reunión, yo tenía como instrucciones el seguirlo durante su recorrido, las otras cámaras estarían respaldando lo que yo pudiera contar con aspectos de la Orquesta de la Marina que estaba instalada a mis espaldas.

En la espera, fue que a mi lado izquierdo ya estaba Azcárraga Jean con esposa, pasaron dos minutos y en la misma mesa se instaló Salinas Pliego, con hijo y cónyuge a su diestra, ambas familias fueron un ejemplo máximo de tolerancia, como si la historia no les hubiera dado pretextos para tener una competencia mediática ¿porqué debería de ser así? si ambos tiene sendas y desorbitadas tajadas del pastel, no, para que desgastarse en rivalidades perennes, de barrio, es más cómodo convivir. Horcasitas platicó con ambos de una manera afable, casi de cuates, decretos, leyes y acuerdos de por medio. El Secretario de Comunicaciones y Transportes debe tener una excelente e interesante plática, ambos estaban muy atentos. Blake y Lozano, se apersonaron detrás de Horcasitas y ambos saludaron con sonrisas obvias, pertinentes, una leve carcajada acompañaba el diálogo, todos seguían el guion a la perfección, no había sorpresas. Aburrido.

La perspectiva ya era incómoda, mis pies obviaban el desgaste temporal y en el pasillo principal, en medio de las mesas, observé al Ing. Carlos Slim acompañado de Carlos Marín. El dueño de Telmex caminaba resuelto y el director editorial del periódico Milenio algo le decía. Slim a mi entender, no prestaba atención ¿Qué le estaba vendiendo Marín? No lo sé, pero de los periodistas, es el más político. El Ingeniero tendría que escuchar bien las entrelíneas, pero pensé: -seguro lo ha tratado más que yo, él sabrá cuidarse sin duda-. Del otro lado del patio estaba Salinas de Gortari, tomándose fotos con el que así lo quisiera, también se le veía relajado, la historia no le pesa, es de los ex -presidentes que siempre lleva consigo en el alguno de los bolsillos una sonrisa bien ensayada ¿Qué pensar? canalicé con él cada una de mis frustraciones generacionales durante toda una década y ¿Qué ha pasado? Nada. El señor sigue muy contento y yo trabajando en producción, escribiendo relatos a sus costillas, volví a preguntar ¿Qué pensar?.

Fox y Sahagún se fueron muy rápido, el Palacio Nacional les quemaba los pies, como si una voz en sus cabezas les dijera –rápido, váyanse antes de que el destino les alcance-, así como Chespirito, aunque éste último se fue en silla de ruedas y sin torta de jamón. Chabelo estaba muy serio, cansado, 40 años en TV ya le cobraron factura, pensé que no tendría mucho que decirle al niño-señor vendedor de sueños y frustraciones, pero ¡por fin!, había llegado el anfitrión.

Día bicentenario (primera parte)

Eran las 12:30 del día 15 de septiembre del 2010, y una llamada al celular: -necesitamos un camarógrafo para el palacio nacional, es un circuito cerrado de la cena privada después del grito ¿vas?- , yo en un principio les dije que no, pero después medité con mi otro yo. Mi vida personal ya contaba con antecedentes: tenía planes para ir al cine, después una reunión en Chiluca, y una advertencia: no asistir a los festejos ya que el enojo ciudadano se podría aparecer en el festejo del bicentenario.

La ansiedad no me procura tener la mente clara, no sabía si aceptar la oferta y contar con el pago al corte. Accedí gracias a mi morbo antropológico y a la falta de lana, entonces sabía que tenía que salir de casa como a las 2:30 para llegar a Chabacano a las 4:30, para de ahí pasar cada uno de los retenes y llegar al Zócalo.

El Circuito Interior y Reforma estaban cerrados por los festejos, Viaducto y los ejes viales consecutivos estarían con mucho tráfico, decidí irme hasta eje 10 y tomar Tlalpan desde el principio, pero Periférico era una trampa canalla en medio de la celebración, todos los que habían decido salir y varar en los infinitos planes bicentenarios tenían que pasar por ahí. La maquinaria del auto chasqueaba su mala fortuna en los oídos, el calor trasquilaba el asfalto y al pasar sobre la Secretaria de Defensa pude observar que habían quitado las hiper-lonas de Zapata, Hidalgo y compañía, en su lugar, un escuadrón de militares marchaban, miraban intachables a su lado derecho. ¿Qué verían? Al otro lado está el principio de Polanco, no hallé una respuesta concreta, pero se encuentran cerca uno del otro, como si se supieran, como si compartieran un dejo de algo que no entienden pero suponen que así debe ser, porqué así se construyó DF. Sí, sin duda, es una ciudad llena de piezas sin asir.

Llegué a Chabacano a las 4:30, nos encontramos los camarógrafos, el switcher, la productora y un servidor, después de una pausa procurada por el caos al no tener gafetes, fuimos a parar a la calle de Escuela Médico Militar y ahí pasamos hacia todos los retenes para llegar por la calle de Moneda y entrar a Palacio Nacional, adentro, me di cuenta que nunca había ingresado a sacrosanto lugar, grandes jardines trabajados en un verde taciturno, árboles que han visto pasar un sinfín de historias pero que sin memoria y sin voz no pueden más que aguantar estoicos entre el poder de facto de la elite mexicana. El patio principal se disfrazó de lounge turístico, dos grandes pantallas en las esquinas nos mostraban parte del desfile que aún no pasaba del Ángel de la Independencia, y al observar vi que cada detalle de los autos alegóricos y disfraces estaban perfectamente cuidados, trabajados, pero no pude tener empatía con lo que veía. No, todo era insuficiente para no olvidar lo que pasa en nuestro país.

¿Celebrar en medio del caos? No hay una escisión concreta, ni personal y dejé que todo pasará.

Certeza sin hidratar, Playa del Carmen

En la salvedad de una certeza sin hidratar, Playa del Carmen durante el mes de Agosto no dista de cualquier rumbo mexicano que cuente con una playa cero distante. Las calles adoquinadas de la Quinta Avenida a las 12 AM estaban vacías, idealicé una multitud en un día martes, y no, no había marcha, tan sólo estábamos en la antesala a una decadencia momentánea, y caminábamos entre pocos turistas y los esperanzados comerciantes que te venden un México dolarizado, iba con el Loco (un amigo universitario) y un fotógrafo argentino, ambos buscaban, cazaban, yo difería en la nula fe, y queríamos arribar a un lugar acorde con las siguientes pretensiones personales: –que se pueda fumar, que sea barato y que haya presencia femenina- tendríamos que ir a un bar postadolescente, y sí, la calle 12 te ofrece en medio de cuatro cuadras y una esquina, un sin mil de opciones, el Blue Parrot, la Mezcalina, el Cocobongo, La Santanera, pero no, ninguno satisfacía nuestra oquedad.

En un momento de inspiración mi amigo el Loco, recordó que enfrente de La Santanera hay un pequeño bar, dónde venden de a 35 varos el litro la chela. La inspiración fue brutal, y en el preciso instante en el que regresábamos por los otros integrantes de la producción, se nos acercó una mujer borrosa, pequeña, distante en el alcohol y nos dijo: –lo importante de una verga es su tamaño, las pequeñas sirven si sabes moverla, pero yo prefiero las grandes- y ahí, le tomó de la entrepierna a mi amigo el Loco y terminó con su monólogo: – ¿tú de que tamaño la tienes?-. El Loco se quedó impávido, realmente estábamos pensando en el litro de cerveza y él (creo) en el recuerdo comentó: – pues habrá que medirlo ¿Cómo ves?-. En ese momento ella se retiró, y claro, la decadencia en una playa así trabaja, en una noche que transcurría en la guía de una idea banal, a veces dos, el declive se nos presentaba como un retazo de lo que sobraba del paraíso y se iba, consecuente, sin pedir permiso.

En el epílogo nocturnal, regresábamos al bar, y ahí, reestructurando ideas, escuchaba en la memoria reciente algo que había dicho un argentino que organizaba el evento en dónde trabajé de videógrafo: – Los mexicanos no aprovechan lo que tienen en su país y tienen que venir personas de fuera para hacer lo que ustedes no trabajan-. La frase, así como la anécdota de esa noche, me dejaban sin mucho por discernir para una plática coherente, ahora, por eso es que termino por escribirlo y claro, una cosa no tiene que ver con la otra, pero así son algunas madrugadas en Playa del Carmen.

Escrito en Septiembre 2010

Sí, es como la Unión Soviética

Siempre dejo mi auto sobre Prol. Uxmal y camino dubitativo por una línea imparcial, sin nombre, acaso sinsentido (-la brisa de la muerte enamorada- diría Fito Páez), sobre la acera dónde se encuentra el Centro Deportivo Coyoacán y enfrente sin luz: la dulcería Laposse sobre Av. Cuauhtémoc. Es el preludio de costumbre para ver una película en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México.

La espera: una hilera larga de autos formados para entrar al estacionamiento, son las ocho de la noche y la marquesina iluminada, satisfecha, el ciclo de cine alemán invita, pretende y claro, veré por armisticio: -Viajo porque preciso, vuelvo porque te amo-, una película brasileira. Se oxida la ansiedad y el pasillo de las oficinas es recién una entrada que acompaña el ingreso y la salida de los espectadores. Algunos hablan de la expectación generada por la sinopsis y otros, divergen lo que les mostró la película vista. Es un Babylon de experiencias cinematográficas que nunca termina.

La Cineteca y un tono sincopado, marcaban una distancia desobediente a todo orden en cuanto a diálogos inherentes en una normalidad entre comillas, y Dulce cansada, yo taciturno, en una espera monotípica, sentados en una banca del recoveco principal, que obedece a una madera barnizada, fuerte, simple, sosteníamos una plática poco menos que informal. El aire desmenuzado, las ocho treinta de la noche (esperábamos a Natalia), mientras tanto, realizábamos una transferencia de ideas necesarias: -La vanidad es esa parte de la conquista que espera los pequeños detalles para poder desdoblarse y ofrecer así (después de un tiempo), la parte más vulnerable en un gran plato de verduras orgánicas para empezar una relación afectiva-.

No, así no era la plática, pero mi ideario subjetivo tiende a interpretar.

Terminamos la conversación con una observación: -es difícil encontrar un equilibrio en dónde ambas vanidades puedan estar al mismo nivel, podrían anularse mutuamente, uno debe ser más vanidoso que otro, ni modo-. Al acabar, fue que voltee sin permiso a mi lado derecho y sobre la otra banca, un señor nos miraba, tenía una gorra roja que le tapaba los ojos chatos, delgado cual tallo de trigo, sin el diente del medio, tez blanca, ilustrada con muchos pliegues por el paso de los años, era (en esa fotografía) un personaje secundario que sin pretender escuchaba mi pregunta: ¿A poco no Don? Él con una sonrisa nos dio una conclusión muy certera: -Sí, es como la Unión Soviética-.

Al momento llegó Natalia y nos quedamos muy soviéticos, sin ganas de vanidades, ya estábamos algo cansados antes de arribar a la Cineteca.

Deja vu y la foto que no existió más que en la memoria.

En un estado depresivo desde la madrugada, ese día sábado pretendía estar lleno de ansiedad. Hace algunos años ese era el estado común, la normalidad. Mientras tanto, un bebé nacía e invitaban a una amiga al hospital, Yhara. La quise acompañar al nacimiento, pero con mis neuronas enfocadas en la destrucción de los avatares diarios, no podía más que estar enojado por situaciones que en este momento aún no me explico. Lo que sí, es que se acercaba mi cumpleaños. Durante el transcurso de ese día se presentaban discusiones fáciles, intermitentes, es verdad, yo no procuraba una buena compañía.

Yhara me comentaba que debía acompañarla en la noche para tomar unas fotos, que tenía un evento, que no me podía decir dónde porqué aún no sabía, yo inmiscuido en esta frecuencia berrinchuda y sin siquiera darle una oportunidad a la vida, me enfrasqué en el no conseguir la cámara fotográfica. La discusión llegó a tal grado que tuve a bien irme del hospital sin ninguna explicación. Sí, sin duda eran enconos fáciles a partir de exigencias conmigo mismo y con la vida. Berrinches llanos.

Me tranquilicé y le hablé, nos quedamos de ver en la noche y me seguía comentando del llevar una cámara fotográfica, yo le preguntaba para qué, y ella seguía sin decirlo, y yo, no pude más que no llevar la cámara. Llegamos al lugar en la colonia Juárez, el antro se llamaba la Bodega, entramos al mismo sin pagar mientras la gente se formaba para entrar, algunas personas adentro esperaban expectantes entre las luces neón verdes y azules, los ojos brillaban en el claroscuro de una bodega y un concierto estaba por empezar, no entendía muy bien que era lo que pasaba.

Devenimos por un pasillo corto que estaba abajo del escenario, íbamos sin hablar, era la sentencia de nuestro pasado reciente y al momento de entrar al backstage improvisado con telas cortando dos espacios, me encontré en primer plano, sentado de mi lado derecho a Flavio Etcheto, viendo hacia delante, cómodo, serio y con mucha fuerza vestida de carisma en el entorno. En frente, del lado izquierdo en un sillón, estaba un personaje, moreno, mestizo, cabello largo, pantalón de mezclilla, nariz chata, sonreía sin culpa, era el guía espiritual y emocional para la noche, traía consigo todos los enseres necesarios para un nirvana estacionario. A mi lado izquierdo, sentado mirando el río babel sin pretender más que escuchar estaba Gustavo Cerati, serio, meditabundo, los ojos crispados, poco elocuente, el líder generacional estaba por entrar al nirvana. Era mi regalo de cumpleaños. Yhara me llevaba a conocer a la persona con la cual -sin él saberlo- establecí muchos momentos como fotografías moduladas de vida, entre relaciones, desamores, vínculos de amistad y procesos de creatividad ensimismados, todos en un mismo lugar: –todo está pasando aquí y ahora– y la cámara berrinchuda se guardaba en los trasiegos de la ansiedad.

Por un largo momento pretendí observar, establecer el espacio sin disimulos, lo tácito, nos saludamos de mano y el intercambio de palabras fue nulo, era la misericordia del respeto, y presiento ahora, que el encuentro podría haber resultado mejor en términos creativos, en procesos de cómo se hilvanan ideas y sentimientos, claro, yo tan sólo como bardo observador y bueno, Yhara hacía su trabajo, hablar con él y ver si podían usar alguna canción para soundtrack de la película 7 días. La conversación fue entrecortada por monosílabos de él y las preguntas por parte de ella. No había un dejo del rockstar, no existía una pretensión del siquiera inmolar los gritos que se escuchaban de entre los pasillos, esperaban a Roken, un proyecto electrónico que pocas personas conocen y que tiene como mérito la canción Vértigo y el presentarse en casi todo iberoamérica en festivales electrónicos y que esa noche se desplegaba en la Colonia Juárez del DF.

No pasó mucho después, quisimos quedarnos un rato para ver el concierto, empezaron a tocar desde teclados, tornamesas y sintetizador, no vi la guitarra y me parecía que Yhara no se iba a divertir y yo con mis grados altos de ansiedad, no, no estábamos preparados para disfrutar de un discurso electrónico que en ese momento desconocíamos.

Como leerán, la foto no existe, pero la memoria está intacta, agradezco a Yhara por su regalo de cumpleaños, el cual atesoró sin ansiedad en el recuerdo y a Cerati por no pretender cambiar a toda una generación o saludarme con pose de rockstar, simplemente por crear (así, crudo: crear) y llevar a todo el mundo un legado trabajado por décadas que será muy difícil de igualar.

Gracias Totales…

Cerati y la idea de pertenecer a una generación. Oda a Soda (primera parte)

En la década de los ochentas, en Latinoamérica después de largas dictaduras en Chile, Brasil y Argentina, las ideas de libertad y de formas diversas de expresión dieron inicio con una sudestada intermitente de artistas en todos los ámbitos del quehacer creativo. En Argentina principalmente, hay una secuela natural de sentimientos, gritos de libertad e ideas varias que se manifestaron en el escenario musical de este país. El boom del rock en español y el legado de Spinetta y Charly García dieron a luz a un hijo rebelde (creativamente hablando) dentro de estas huestes: Gustavo Cerati.

En 1982, entre tocadas en punta del este con el grupo Erekto (con Andrés Calamaro y Zeta Bosio, él cual no funcionó) y la guerra de las Malvinas, Cerati trabajaba de junior en una agencia de publicidad y al mismo tiempo apostaba por la creación de una banda de rock. Mientras tanto, Charly Alberti quería salir con la hermana de Gustavo y entre las múltiples llamadas, el hermano le contesto el teléfono y fue que concertaron una audición para el Sr. Alberti y sin pretender, se quedó en la banda como bataco. Primero se llamaron los Estereotipos, ya poco después manejaron el nombre de Soda Stereo y de ahí, ya no pudieron detener la marejada en todo Latinoamérica, y sí, tres generaciones hemos tenido una frecuencia en común: los sonidos soderos como soundtrack de vida.

El primer contacto con Soda Stereo pudo haber sido en el Rock Stock, escuchando Rock 101 o en su defecto en la Pantera, pero no, yo estaba en el tres veces heroico puerto de Veracruz, y fue en un disco de éxitos de 1988 dónde los pude ubicar (extrañas formas del reconocimiento), en dónde compartían créditos -sin pretenderlo- con: Flans, Chaly García, Karina, Franco de Vita y Enanitos Verdes. Soda Stereo aportaba la canción: –Día común, doble vida-.  En la contraportada, al lado del título de la canción,  me llamó la atención la foto que le acompañaba: tres tipos fotografiados en medio de edificios de los años cuarenta en Buenos Aires, la foto blanco y negro, y yo (a los 13 años) no comprendía que me podría llamar la atención, ¿sería la actitud?, la composición de la imagen o ésta parte aspiracional del ser un rockero, no lo sé, llámenle bifurcación. Al poner la canción en el tocadiscos a 33 revoluciones, ésta empezaba con una trompeta y pregunté: ¿qué pasa acá?  no supe responder, lo que sí, es que la tonada me llevó por lugares inimaginables de la cabeza y del raciocinio, como si una parte purista que no tuviera aceite de repente reaccionara con una acción independiente y entonces, la creatividad empezó a dar de tumbos de entre el cráneo.

La transición del puerto jarocho a la ciudad de México en 1991, estuvo acompañada en los Walkman Sony de alta fidelidad con Cuando pasé el temblor, Persiana Americana, Nada personal, Un millón de años luz, Prófugos, Canción animal y de Música Ligera. En especial con Cuando pase el temblor, las imágenes desoladas no podían más que hacer vibrar  mi perenne imaginación, caminar entre ruinas para saber que después viene un beso, es sin miramientos, una imagen con todo trazo de esperanza. La canción de Prófugos hizo que brotará el retrato de un profanador desafiante del tiempo, que cual caballero vetusto en medio de todas las épocas busca el ser parte de un ritual para alcanzar la iconografía de una mujer cruel y con pretextos. Sin duda mi testa imberbe se llenaba de metáforas poperas e insurrectas.

Mi primer concierto marca otro hito, fue en 1992, tenía 17 años y la Universidad Intercontinental en DF tuvo a bien acogerlos. En esa tarde, la adrenalina empujaba lo que sobraba de sol, el cual se adhería en las ventanas del salón de clases. Mis amigos tocaron la puerta, vi de reojo y sin preguntar, salí a mitad de una clase bachiller para irme en el golf achaparrado de mi amigo Jorge Soberón por todo Insurgentes.

Llegamos a la universidad,  estaba repleta de franelas y jeans desgastados, mujeres sureñas con dientes blancos, cabellos castaños largos, risas seguras en ecos sonoros rebotando de en medio de los pasillos lustrosos, y de repente, el hornazo a marihuana súbito, ignominioso, terminando en mis ojos perpendiculares, salitres. Atrás, la cancha de fútbol y entre los arrabales del pasto verde: un escenario discreto. La tarde acribaba, empezaba el Dynamo (comparto la opinión de que es el cd mejor elaborado de ésta agrupación), la Luna Roja se pendía del infinito y en todo su apogeo sonaron al unísono: Remolinos, Primavera 0, Texturas, Fue, Nuestra Fe, Camaleón, Toma la Ruta (parte de la letra la use en el discurso para la fiesta de graduación de la Universidad), horas llenas de sentimientos en combinaciones expansivas,  estruendosas, sentires elaborados en secuencias sin par, símiles con el trabajo realizado por U2 en el disco Acthung Baby, pero nada más.  Recuerdo de manera lejana una gran bola roja rodando en el stage, ropas fosforescentes de los cuatro integrantes y a una mujer acróbata que acompañaba en el performance, y claro, mi cabeza explotaba a mil revoluciones por minuto,  mis manos golpeaban el aire y lo hacían sonar a través de las bocinas.

Nada parecía detener ese momento. Nada.

Noche retórica (el Reloj de Bucareli)

He perdido la noción del tiempo y aquilato la nula zozobra por un momento. El cuarto está fuera de foco, se ilumina en un degradado intermitente por lo que sobra de la televisión prendida, me acomodo los lentes y centro mi mirada en el monitor, pasan treinta segundos y el comercial ha funcionado, he decidido que no quiero comprar una camioneta que nació para ser salvaje, prefiero mi albedrío para evitar necesidades.

Atrás, la pared abolida de matices, dos tazas de café cómo una pintura rococó, kitsch, una de ellas con labios pintados en la orilla, la otra, con la palabra metáfora en el cuerpo y con comisuras en el asidero. Una foto blanco y negro sin enmarcar prendida de un clavo oxidado, es la imagen de un encuentro nada específico, ella miraba al cuarto para las doce del reloj en Bucareli y yo buscaba en una revista filosófica una retórica para salvarme. Nada de especial tendría esta foto si es que yo no supiera que tan sólo han pasado quince minutos, son las 12, estoy al lado del reloj, pero ya no estoy en la fotografía. Llegué tarde.

Empieza la angustia, un pulso tóxico.

El frío cala en los dientes, el viento se entromete y ensombrece las paredes, vuelan las servilletas como ideas blancas, nulas, y cae la antena, el lector de notas se ve de lado y desaparece poco a poco. Hay una lluvia de puntos negros y blancos que se mueven en un ordenado caos, los acompaña un ruido indescriptible, es la estática. Trato de arreglar el televisor pero una señal de radio se entromete y calla por completo al devaluado lector.

gjijjjjjghhh
gghjjjjjuijjj

Elocuente estática, pensar que hay ingenieros que estudian éstos parámetros desordenados.

-La reunión entre legisladores y las instancias financieras han provocado un caos en la sociedad mexicana…-
estgguggjjjjjh
jjjjuijjggghggj

Se arregla, porque se arregla, necesito eludir la dictadura perfecta, ominipresente, mediocre, aunque sea en las partituras de plata de una placa tecnicolor.

-Un asalto a la razón en Bucareli y dos personas se quedan sin el tiempo, ahora vamos a un corte…-
jjghhhuijjjj, ujjjjjjjjgujjjj

Las voces se trazan, ya no hay señal, me enoja el momento y rompo la antena en la pared cual catarsis adolescente. La estática sigue y aprisiona mi obstinación, es un dolor intenso. La ansiedad se entromete como un grito retardado en cada pared, voy como puedo al cuarto y tomo la pistola que me regaló la rebeldía cuando ésta se instaló en la ceguera.

Hay diálogos que aún no terminan por salir, los jadeos que permean con ella, en ella, y sudo frío, regreso a la sala y veo al televisor detenidamente, lo juzgo y la bala se incrusta directo en la pantalla, respiro… ya no está mi reflejo cansado.

Sus últimos pulsos eléctricos reclaman mi acción, estos desaparecen poco a poco. Los pedazos de la pantalla reflejan en stereo este espacio que ya no quiere protestar.

Recargado me inclino sobre la pared, veo la carcaza y la pateo, se mueve como péndulo y cae completamente. Tan sólo le escupo esperando que se vaya directo con la maquiladora madre que lo parió.

Todo lo que se mantenía en la cordura cae. Las discusiones se proyectan en las paredes y el foco de la sala no deja de perdonar. El viento se abre y la ventana me repara un rumor somnoliento, me acerco a ella y siento a la ciudad libertaria en la cara. Subo al marco y me doy cuenta que en cinco centímetros se balancea mi cuerpo jjujhhhujhuuhh. ijjjjjjjjjh, jujhhhhhjjjhjjhjhj, jujjjjjjjjjjjj, hjhjhjjgggggguijjjkkk

Un corte eléctrico, se va la luz en toda la ciudad y el silencio es total, un respiro y una pausa clara, la constelación arropa mi locura abrupta, tóxica. Bajo de la ventana, sé que tengo que irme, tengo que alcanzarla para la foto, el reloj de Bucareli ha parado, y creo, yo puedo salvarme sin retórica.



Cuento empezado en 1998, acabado en el 2010.

El don de leer, una cuestión de actitud

Era 1994, año del mundial en Estados Unidos, nuevo presidente, cambio de poderes con una devaluación normalizada, por otro lado, el TLC y el EZLN mostrándonos nuestros miedos, pesares y los caminos misteriosos para llegar al primer mundo. La decisión para la carrera universitaria estibaba entre filosofía y letras, comunicación y mercadotecnia, y por alguna extraña (miedosa) decisión decidí comunicación, sí, me fui por la fácil, estratégicamente estaba perdido entre la masificación del mensaje. El estudio era básico, superficial, y no podía más que sobrellevar la filosofía de Levi Strauss, Umberto Eco y Sausurre.

La búsqueda de necesidades académicas y prácticas me hicieron buscar las respuestas más allá del salón de clases, siempre en lugares inhóspitos, lejanos: ir de Satélite a la Biblioteca de México y a la Nacional formaba parte de una aventura hostil para todo aquel que se atreviera a siquiera ir en metro a estos sacrosantos espacios. –Vamos con el Fa, él nos cuida (Fa, era mi sobrenombre)-, las compañeras guapas sabían que podrían contar conmigo simplemente con una sonrisa, y sí, yo las cuidaba en esta “aventura”.

Las clases sin pretender me brindaban contradicciones, mis maestros no sabían como se llevaba a cabo una disolvencia en la edición de una película, -cerrastes la puerta- me decía la maestra de filosofía de la comunicación. Las intenciones siempre fueron buenas en cuestiones éticas y de siquiera tener una vocación en la plana de docentes, pero siempre hacía falta algo más. En cuestión de segundos nos preguntaba un profesor: – de dónde sacaron estos pinches trabajos-, nos había reprobado a la mayoría y yo en una cínica e impulsiva contestación le inquirí: -si usted como maestro no sabe, nosotros tampoco –, el profesor tuvo a bien reír, pero yo siempre tenía esta necedad de inquirir, era un caradura del sinsentido universitario, la verdad compadezco a mis compañeros por mis neurosis individuales.

En una ocasión, en el edificio B, tercer piso, en el penúltimo salón sobre el pasillo, en el plantel Lomas Verdes de la Universidad que tiene por lema: –por siempre responsable de lo que se ha cultivado-, nos sosteníamos en una clase de periodismo y de repente sin darme cuenta, ya estaba parado a un lado del pupitre y hablaba con voz fuerte: -cómo es posible que estudiando comunicación no podamos siquiera leer dos periódicos diarios, es nuestro deber para comunicar, el saber de lo que estamos hablando- palabras más, palabras menos era ya un soliloquio terapéutico de 10 minutos, de repente siento que tratan de colocarme en mi mano derecha una hoja doblada, la abrí de reojo y decía: -Fa, no todos tenemos el don de leer-, en ese momento me senté y callé, fue un instante en el que no sabes que decir, en el que te sientes ajeno a lo que esta pasando, no pude refutar si los dones del leer tenían que ver con todo y nada, y si siquiera existían, me fui por la cornisa, yo, sin saberlo me encontraba en medio de algo más fuerte. Al ciego en ese instante le habían colocado un ojo de vidrio.

La sensación se quedó ahí como ejemplo generacional, mientras tanto, levantábamos un espacio periodístico en la universidad, en medio de aprendizajes y de política pude expresar (con artículos y notas) algunas rarezas en medio del stablishment universitario. Al final, en el momento de mi examen profesional, refuté la falta de apoyo institucional a espacios para las prácticas profesionales y mi mención honorífica se fue por la borda, mis sinodales me lo dijeron al terminar la ponencia –Villela, ya tenías tu mención honorífica, pero tu falta de interés y tu actitud nos permite simplemente el aprobarte-, como leerán, era una consecuencia ya escrita, tener anécdotas sin premios, sin miramientos, pero con una idea individual del tener un don disfrazado que me permite avanzar pese a todo.